El futuro del Dalai Lama

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03.04.2017 – ¡Libertad Para Tíbet!

A pesar de no ocupar ningún puesto de responsabilidad en la jerarquía formal que configuran las distintas instituciones del budismo tibetano, no cabe duda de que Tenzin Gyatso, Su Santidad el 14º Dalai Lama, es una figura absolutamente imprescindible para el sentir del pueblo tibetano.

Máxima autoridad espiritual como manifestación de Chenrezig -el Buda de la Compasión-, objeto de gran veneración por parte de otras tradiciones budistas del mundo, jefe de gobierno entre 1950 y 2011, personalidad reverenciada por destacados mandatarios, gobiernos e instituciones a nivel internacional, Premio Nobel de la Paz 1989, promotor del diálogo interreligioso, facilitador de medidas a favor del papel de la mujer en el ámbito budista, férreo defensor de la democracia, impulsor de valiosísimas colaboraciones entre budismo y ciencia al más alto nivel e incansable activista a favor de los valores más nobles del ser humano forman parte de su espectacular currículum.

Sin embargo, a pesar de que Tenzin Gyatso ha insistido durante décadas en que se considera a sí mismo “un simple monje budista”, en su épica trayectoria a caballo entre lo mundano y lo trascendental existe un elemento clave cuya importancia no puede obviarse, y es el hecho de que el Dalai Lama es un refugiado que tuvo que escapar de su país, prácticamente con lo puesto, cruzando las inmensas llanuras tibetanas, el medio kilómetro de ancho del río Brahmaputra, atravesando la cordillera de los Himalayas, dejando atrás, aquella fatídica madrugada de 1959, no sólo una vida… sino catorce.

Desde entonces han transcurrido casi sesenta años y Su Santidad, habiendo superado los ochenta de edad, sigue teniendo el mismo estátus legal que los casi cien mil tibetanos que residen en la India: Refugiado.

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