Reporteros de CNN cuentan su incursión en Tíbet antes de ser interrogados durante cinco horas.

CNN – “Son las 10 pasadas de la noche cuando vemos una luz en la distancia. Hemos viajado durante tres horas por una carretera ventosa y helada. Nuestra esperanza es poder llegar a la región tibetana, una zona bloqueada. Estamos a punto de llegar, apenas nos falta una hora. Y entonces, la luz”.

 

En cuestión de minutos nos dan el alto. Un policía me apunta a la cara con la linterna. Nuestro conductor chino ya ha salido del coche. Esta noche no podremos dar un paso más.

 

Los cortes de carretera como éste se reparten a todo alrededor de la provicia de Sichuan (casi tan grande como España). Según damos la vuelta, nuestro conductor llama por teléfono a un contacto tibetano. Está ocurriendo algo serio. El tibetano dice que su pueblo se está enfrentando a la policía y los militares. Más tarde, las noticias locales informan de que dos tibetanos han muerto.

Pero muchos de los pueblos que se reparten por las montañas están habitados por chinos de etnia han, el grupo étnico dominante en China. Dentro de las casas las luces están encendidas y la gente come, ve la tele y habla. Les preguntamos qué están escuchando. Nos comentan que no tienen tiempo para pensar en los tibetanos, que son unos vagos, y les acusan de vivir gracias a las ayudas del gobierno.

 

Una mujer dice que los chinos están en el punto de mira de grupos tibetanos violentos. Los medios locales dicen que ya ha muerto más de diez personas.

 

Se siente la histeria, la intolerancia, el miedo, alimentados por el secretismo del gobierno y un constante trasiego de vehículos de policía y ejército. La mayor parte de la provincia está aislada.

 

En su capital, Chengdu, vehículos policiales son vistos tomando posiciones al amanecer. Muy pronto están en todas las esquinas, con agentes armados patrullando las calles. Endurecen su vigilancia sobre los tibetanos de la zona.

 

Es difícil conseguir que la gente hable por aquí. Vemos un grupo de jóvenes monjes en una esquina y les saludamos con la mano. Están de acuerdo en llevarnos a donde viven. Aquí, en un diminuto apartamento de una habitación, con cuatro camas replegadas contra las paredes y la comida guardada en sacos, los monjes nos cuentan que abusan de ellos verbalmente y son acosados por la policía hasta el extremo: “Ya no lo puedo soportar más, ya no puedo”, dice uno.

 

Están lejos de sus hogares, en las montañas; nos cuentan que ni siquiera pueden contactar por teléfono: “Queremos ir, pero no podemos. Ya véis toda la seguridad que hay ahí fuera. Vayas donde vayas, te ven. No podemos ir a ninguna parte”, dice. Le preguntamos si está asustado, y se limita a mirar una imagen de Buda y sonríe. “No lo puedo explicar”, dice, “pero no tengo miedo”.

 

En su bolso, los monjes llevan un recuerdo de su líder espiritual, el Dalai Lama, tan sagrado que ni siquiera lo enseñan. Este bolso, dicen, lleva dentro un sueño: “Deseamos lo que desean todos los tibetanos, que el Dalai Lama vuelva a su palacio en el Tíbet”.

 

Están enterados de los casos de auto-inmolación de otros budistas; dicen que les apoyan y aseguran que continuará hasta que China se vaya del Tíbet.

 

Sin embargo, para el gobierno chino, éstos son hombres peligrosos, parte de lo que considera un “movimiento separatista” decidido a rasgarle el Tíbet a China. A lo largo de nuestra entrevista, nos han estado espiando. Más adelante nuestro vehículo es perseguido. Nuestro conductor -a pesar de ser chino- nos dicen que su familia ya ha recibido amenazas por teléfono.

 

De camino al aeropuerto, un coche sospechoso embiste nuestro coche por detrás. Según pasamos por los controles de seguridad, nos siguen agentes de paisano que no paran de hablar por el móvil. En un momento dado, intentando pasar por el control, la policía nos retiene. Nos llevan a una comisaría y nos detienen e interrogan durante cinco horas. Se quedan con partes de nuestros videos. Quieren saber con quién hemos hablado, qué estamos haciendo aquí, dónde hemos estado y por qué queremos cubrir esta noticia.

 

Nosotros tenemos nuestras propias preguntas. Preguntas cuya única respuesta son carreteras cortadas; un velo de secretismo en las montañas.”

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