De la libertad de las montañas más bellas del mundo a la desesperanza cuadriculada de un consumismo imposible. El drama de los nómadas tibetanos.

(Los nombres han sido alterados para no desvelar la identidad real de los entrevistados. Las imágenes no se corresponden con las localizaciones y personajes del artículo.)

 

 

Lobsang, un hombre moreno y curtido con una mata de pelo negro azabache y una sonrisa radiante, es conocido por ser el hombre más feliz de su aldea. Al antiguo nómada se le escapa una risa contagiosa después de prácticamente cualquier frase que pronuncia, incluso cuando cuenta la historia de su propia desgracia.

 

Las autoridades chinas le dijeron que si dejaba de pastorear con sus yaks y ovejas y cambiaba todo aquello por una casa en un campo de reubicación para tibetanos nómadas, se podría comprar un coche, abrir un negocio y recibir ayudas del gobierno. Ya tiene la casa; dos habitaciones de apenas tres metros de ancho por cuatro de fondo, pero poco más. “Nos alegramos por trasladarnos, pero ahora no tenemos nada”. Dice Lobsang a sus 46 años, soltando una risotada que deja comprender el caracter siempre afable y humilde característico de los tibetanos.

 

Cuando se mudó a su nuevo hogar, hace ahora tres meses, se dio cuenta rápidamente de que las oportunidades de empleo eran mucho más limitadas para él y para su hijo de veinticinco años de lo que le habían prometido. Ahora sobrevive trabajando en la construcción durante los meses de verano, ganando unos 8 euros al día, con suerte: “No hay buenos trabajos; nos limitamos a cavar zanjas”, dice Lobsang. “Somos nómadas, no estamos acostumbrados a ese trabajo”.

 

Lobsang y su familia son una de las más de 100.000 familias nómadas que han sido trasladadas de las llanuras y pastizales a viviendas permanentes en campos de reubicación en la provincia de Qinghai, cerca de la frontera tradicional entre Tíbet y China.

 

 

Desde 2009, el gobierno de la provincia de Sichuan ordenó la construcción de 1.4000 nuevas comunidades para 100.000 familias. Lo suficiente para alojar a la totalidad de nómadas tibetanos. En la región autónoma que China reconoce como Tíbet, 1.850.000 nómadas y pastores (aproximadamente el 60% de todos los que hay) ya han sido reubicados durante el último año.

 

En un reciente artículo, un veterano político chino en Tíbet, Zhu Weiqun, indicó que el Partido Comunista quiere probar con políticas que integren más a los tibetanos como parte de China, añadiendo que reservar privilegios a las minorías étnicas es un obstáculo para la unidad de la patria.

 

 

Las políticas de reubicación tienen como objetivo, según afirma el gobierno, preservar el medio ambiente, a pesar de que buena parte de los tibetanos han sido pastores nómadas desde hace miles de años y el Tíbet ha sido reconocido siempre como uno de los entornos más puros y bellos del planeta.

 

Sanjiangyuan está en Tíbet. Es la reserva natural más grande de China y en ella nacen los tres ríos más importantes de la república: Río Amarillo, el Yangsé y el Mekong. Sin embargo, se está viendo afectado por el cambio climático y el gobierno dice que la actividad de los nómadas tibetanos empeora el problema. Sin embargo, tibetanos, grupos de Derechos Humanos y ecologistas saben que lo que empeora el problema es la minería china en el lugar. China, siguiendo su costumbre de reconocer sus mentiras pero sin aceptar que miente, dice que en realidad los nómadas son reubicados para poder abrir minas en sus territorios en el futuro.

 

Otro motivo es el deseo de darle un impulso socioeconómico al Tíbet similar al que ya existe en el resto de China: Por medio de la urbanización express.

 

 

Robert Barnett, director de Estudios Tibetanos Contemporáneos de la Universidad de Columbia (Nueva York) vivió en Tíbet entre 2000 y 2006. Asegura que China se empeña en impulsar un modelo estrecho de miras pretendiendo que la misma fórmula sirva para todos sus ciudadanos: Poner a la gente cerca de carreteras y convertirlos en consumidores: “En China son muy torpes a la hora de reconocer que hay distintas formas de desarrollo y modernización”.

 

Una población especialmente grande, Tongde, tiene filas y filas de casas idénticas, y como se está quedando sin espacio para extenderse, se están construyendo más y más edificios altos. También hay plan para proporcionar sistemas centralizados de sanidad y educación (por supuesto, en chino mandarín). Aun así, en verano los nómadas tibetanos salen a pastorear a las tierras altas, habitualmente en grupos de hasta veinticinco personas que viajan allá donde encuentren hierba y agua. Para ellos sus yaks son imprescindibles. Los usan para transportar sus tiendas y equipamiento, además de por su carne y su leche, con la que hacen mantequilla y yogur. Incluso su estiércol se seca y se quema como combustible.

 

 

Para Lobsang, una vida entera en los pastizales de las montañas ha terminado de repente. Sabe que seguramente jamás reunirá suficiente dinero como para volver a tener su propio rebaño. Todo lo que ganó vendiendo sus animales se lo tuvo que gastar en su nueva vivienda de dos habitaciones. El resto lo subvencionó el gobierno.

 

Ahora reconoce haberse dado cuenta de que había subestimado enormemente el coste de vivir en un mundo donde no hay nada gratis: “Cuando era nómada comía carne todos los días, bebía té con leche de yak y me vestía con pieles de oveja. Ahora no puedo, lo tengo que comprar todo y comer verdura”.

 

 

El colorido festival del Año Nuevo Tibetano suele ser sinónimo de dos semanas de canciones, danzas y alegría junto a la familia y demás seres queridos. Pero para muchos tibetanos el Losar ya no tiene nada de festivo.

 

“Este año se ha cancelado todo”, explica Sonam, un anciano pastor de 62 años de Zeku, mientras bebe té con mantequilla de yak y masa frita, tan tradicionales de la dieta tibetana.

 

“Normalmente, por la mañana quemamos incienso y encendemos fuegos artificiales por la noche, pero este año nos sentimos muy tristes por todos los que están perdiendo su vida por nosotros, así que no lo haremos”.

 

Mientras la atención internacional se centra a ritmo desesperantemente lento sobre los actos desesperados de quienes se han prendido fuego, las concentraciones y manifestaciones de protesta han tenido como protagonistas casi siempre a aldeanos, y no sólo en solidaridad de sus queridos monjes.

 

Las emociones en los muchos campos de reubicación controlados por el gobierno van entre la frustración silenciosa y la rabia difícilmente contenida por un gran abanico de problemas: Cómo se trata a los monjes, las restricciones a la hora de viajar, los impedimentos a la práctica de su religión o la pérdida desbocada de calidad de vida tras dejar de pastorear a los yaks en las montañas.

 

“Nos enteramos de lo que estaba pasando [las protestas del 23 de enero, en las que varios tibetanos murieron cuando la policía china disparó contra ellos delante de una comisaría] y pensamos en protestar del mismo modo, pero entonces supimos que había más de tres mil soldados en la zona, así que decidimos no hacerlo”, dice Namkha, un vecino de Tongren de 55 años. “El responsable del monasterio nos dijo que no lo hiciéramos por nuestra propia seguridad, así que nos tragamos la rabia”.

 

Según Barnett, es importante señalar que aunque China no tenga intención deliberada de destruir la cultura tibetana, su forma de pretender integrar Tíbet con China a su manera es errática, desigual: “Pretender modernizar el estilo de vida de los nómadas es equivalente a hacerlos desaparecer. Es muy difícil describir la legislación sobre reubicación de nómadas -que es enorme- sin verla como un ataque directo contra un aspecto fundamental de la cultura tibetana”.

 

Queriendo o sin querer, el resultado real es una verdadera erradicación, posiblemente en el plazo de una sola generación, de un modo de vida que ha existido durante más de cuatro mil años.

 

Fuente: Sydney Morning Herald / ¡Libertad Para Tíbet!

 

 

 

 

 

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