Associated Press consigue infiltrar una reportera en Ngaba

Militares patrullando la calle principal

 

Associated Press (Ngaba, Tíbet) — La represión implacable de China sobre la población tibetana de Ngaba (Amdo) no es sólo cuestión de patrullar sus tranquilas calles, sino de politizar las mentes de una comunidad que es epicentro de las protestas y auto-inmolaciones de tibetanos bajo dominio chino.

 

Soldados con cascos, rifles, palos y escudos marchan en fila a lo largo de la carretera principal, junto al monasterio, rodeados de montañas nevadas, mientras la policía mira los coches que pasan, fotografiando las matrículas y las caras de los pasajeros, buscando visitantes indeseados. En los dormitorios de estudiantes de todo el condado hay redadas imprevisibles en las que los chinos buscan libros que hablen contra el establishment del Partido Comunista y continuamente se pregunta a los tibetanos sobre su inclinación política.

 

“Te hacen preguntas y si contestas lo que realmente piensas, no les hará ninguna gracia. Si te quedas callado, igual”, dice un tibetano que imparte clase en una escuela del condado de Ngaba y que prefiere no decir su nombre por miedo a represalias oficiales. “Quieren que digas que el Partido es bueno y que sus políticas son buenas”, añade.

 

Situación de Ngaba

Los profesores tienen prohibido hacer ninguna mención -positiva o negativa- sobre el líder espiritual tibetano, el Dalai Lama, asegura el docente en una entrevista realizada en Hongyuan, un condado cercano.

 

A principios de esta misma semana, una reportera de Associated Press consiguió superar los controles de seguridad que conducen a Ngaba y pudo echar un vistazo a una ciudad que se encuentra bajo control militar desde hace más de tres años, además de haberse endurecido la vigilancia en vistas a los aniversarios que se conmemoran esta semana.

 

Al intentar contactar por teléfono con el ayuntamiento de Ngaba para preguntar sobre la enorme presencia policial en la comarca homónima, las autoridades y el Partido Comunista se limitan a negar que haya ninguna seguridad fuera de lo normal.

 

Ngaba capital se asienta entre varios valles a gran altitud, donde merodean los yaks. El monasterio de Kirti, un gran campus presidido por una enorme stupa, ocupa en la sociedad tibetana el mismo papel que una importante universidad. Sus monjes han protagonizado protestas desde que la comunidad tibetana se rebelase contra China en 2008, siendo aplastados de forma masiva por la fuerza bruta. De las dos docenas de tibetanos que se han prendido fuego durante el año pasado, muchos eran monjes de Kirti.

 

Varios cadáveres cerca del monasterio de Kirti durante un ataque policial en marzo de 2008.

 

Durante el viaje de la reportera, de una semana de duración, el condado que rodea la ciudad de Ngaba estaba acordonado con bloqueos de carreteras, a menudo vigilados por policías paramilitares de uniforme verde. De camino a la ciudad hay un gran cartel que reza: “Una Ngaba pacífica se construye para todos. Una Ngaba pacífica se comparte por todos”. La señal está escrita en chino, sin traducir al tibetano.

 

Las autoridades han colocado conos de tráfico y barricadas para estrechar la vía principal y hacer que pase de tener dos carriles a sólo uno. Hay camiones militares con cubiertas verdes de lona y vehículos policiales aparcados delante de tiendas y restaurantes. Un grupo de soldados marchan en orden, escoltados por un vehículo paramilitar.

 

La policía observa atenta junto a un grupo de tibetanos que hablan con unos monjes sobre juegos, coches reparados o madera cortada. Banderines de colores cuelgan sobre las azoteas o de los postes de electricidad, ondeando con el viento.

 

Policías de paisano -fácilmente identificables por el pelo corto, ropa oscura o gafas de sol- se sientan en la acera, haciendo como que miran el periódico.

 

Hay barricadas y una camioneta de la policía parada en el cruce con la calle estrecha que lleva al monasterio. Lo primero que se ve mirando por ella es una gran comisaría, blanca y azul, con la bandera china en lo alto.

 

Puesto de control en la carretera que conduce al monasterio

 

Internet y los mensajes de texto de los móviles han sido cortados por lo sano. Tan sólo se permite llamar por teléfono, y mucha gente sabe que la mayoría de las llamadas son grabadas. Describiendo un código que usa para preguntarle a sus amigos en Ngaba si están teniendo problemas con las autoridades, el profesor dice: “A veces les pregunto si les sopla fuerte el viento. Si me dicen que les sopla fuerte, es que hay problemas”.

 

Las autoridades han trasladado a los tibetanos que trabajan para el gobierno en condados vecinos a servir como vigilantes en Ngaba, mezclándolos de forma muy poco discreta con sus compatriotas para pretender politizarlos, explica otro profesor tibetano, que pasó tres días en Ngaba la semana pasada.

 

Estos tibetanos “oficiales” llevan puestos brazaletes rojos y se colocan a la entrada de tiendas y hoteles, dice este profesor, que tampoco quiere decir su nombre. “Cuando les dan una orden, no se atreven a decir que no”, dice el profesor. “Una vez están ahí, la gente los mira con desaprobación, como diciendo: ‘¿Eres tibetano y vienes aquí a tratarnos de esta manera?'”

 

Militares por todas partes

 

Al caer la noche, las calles se vuelven silenciosas y la mayoría de las fuerzas armadas se retiran a hoteles, mientras que cuatro o cinco camiones militares siguen patrullando hasta por la mañana: “Los vecinos locales desde luego que tienen mucho pesar en el corazón, están muy frustrados todo el día. Hay soldados por todas partes. A cada momento la gente se pregunta qué le pasará a la persona que tienen al lado, qué les harán los soldados”, explica el profesor.

 

La seguridad parece haberse endurecido de cara a marzo, un mes de aniversarios delicados, incluyendo los disturbios contra el gobierno que se produjeron en Lhasa en 2008, cuando estalló la frustración por los contínuos ataques de Pekín contra el Dalai Lama. Este período también marca el aniversario de la huída del Dalai Lama al exilio en 1959, tras un levantamiento popular frustrado, el 10 de marzo de aquel año.

 

Mientras que el gobierno chino pretende ganarse al Tíbet por medio del crecimiento económico, los tibetanos se preocupan por la erosión gradual de su cultura y su religión al tiempo que les invade una mayoría de población de etnia han, la mayoritaria en China.

 

Las han y las tibetanas son hijas de una misma madre (patria).

 

“En los corazones de la gente, lo que tal vez les resulte más insoportable es que las autoridades insulten a nuestro Buda viviente, el Dalai Lama. No podemos soportarlo cuando se meten con él”, dice el docente. “Es la persona a la que más lealtad le tenemos”.

 

Docenas más de vehículos policiales y militares llegaron a la región de Ngaba durante los primeros días de esta semana, con las luces encendidas. Pasaron junto a un colegio donde una gran pancarta en rojo recuerda a los estudiantes: “Sin el Partido Comunista, Tíbet no estaría donde está hoy”. No le falta razón.

 

Pancarta en un colegio

 

Fuente: Associated Press / ¡Libertad Para Tíbet! / Fotos de Tsering Woeser.

 

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