Un reportero de ‘Le Monde’ consigue llegar a Labrang y entrevistar a tibetanos de la zona

Pequeño altar dedicado a Gonpo Tsering en el monasterio de Labrang

El padre y el abuelo del mártir inmolado Gonpo Tsering han sido detenidos por las autoridades chinas. Gonpo Tsering se prendió fuego a los 24 años de edad en la región de Ala, en Luchu, Tíbet oriental, el pasado 26 de noviembre. Era padre de tres niños y falleció en el acto por la gravedad de las quemaduras.

Ahora se ha sabido que su padre y su abuelo fueron detenidos diez días después, y desde entonces no se sabe nada de ellos. Es una de las novedades que han llegado al mundo exterior gracias a un reportero del diario francés Le Monde, su enviado especial en China, que ha conseguido llegar al mismísimo monasterio de Labrang sin ser interceptado por las autoridades. Toda un logro que también ha sido confirmado por la blogger y activista Woeser.

La inmolación sorprendió a la familia, según relata el enviado especial Brice Pedroletti: “Nadie lo sabía”, dice un pariente con el que se entrevista junto al altar que hay dedicado a Gonpo Tsering en un monasterio. “Hay mucha presión. Hay un montón de cosas que no podemos hacer aquí”, dice refiriéndose a la represión china.

 “No nos dijo nada. De haberlo sabido no le habría dejado hacerlo. No le dijo nada a nadie, ni a sus amigos ni a la familia”. Sin embargo, dejó una nota de despedida pidiendo la liberación del Panchen Lama y el regreso del Dalai Lama, y que fue confiscada por la policía.

Monjes de Amchok descargando material de construcción.

Próximamente la situación en la zona será mucho más difícil si cabe, ya que dentro de poco se construirá junto al monasterio de Labrang el nuevo aeropuerto de Xiahe – China Town. De momento, ya hay una gran autopista por la que llegan más y más autocares de turistas chinos a visitar el centro religioso, convirtiendo a los 450 monjes en simples monos de feria, interrumpiendo sus prácticas y entorpeciendo sus quehaceres cotidianos, como si no fuese suficiente con la constante presencia de policías, militares y representantes del Partido Comunista.

El reportaje de Le Monde también nos permite saber detalles que desconocíamos hasta ahora, como que en la aldea de Sangkok las calles están llenas de coches de vigilantes del gobierno: En cuanto detectan cualquier movimiento sospechoso por parte de algún tibetano, suena una alarma que resuena en todo el pueblo para que todos los funcionarios se pongan en máxima alerta.

A partir de las 10 de la noche hay toque de queda: “Si son chinos han, no hay problema. Pero los tibetanos, no. Están controlados”, dice un vecino, uno de los muchos que tienen algún familiar pasando varios meses de “reeducación patriótica” en Lhasa. Además, le han prohibido usar el teléfono y tiene prohibido salir de la región.

En otra localidad, un estudiante de veinte años habla al reportero de la prohibición del tibetano en los centros educativos: “Según la nueva directiva, ya no se puede aprender en tibetano en los principales centros. El año pasado ya intentaron imponerlo pero pudimos argumentar en contra. Y ahí están otra vez”.

No sólo no se puede estudiar en tibetano, sino que además se han cerrado muchas pequeñas escuelas -en las que era más fácil preservar el idioma: “En las aldeas ya no hay colegios. Se acabó, no hay tantas escuelas de primaria como debería haber. Tienen que ir a las capitales, así se aseguran de que estudian en chino. Si un maestro tibetano habla en zonas rurales les es más complicado llevárselo detenido. Es verdad, tenemos universidad e infraestructuras, pero hay que pagar un precio”.

Aun así, incluso en las pequeñas aldeas y en los bosques de la sierra de Amdo, cualquier tibetano puede ser espiado, perseguido o detenido en cualquier momento. Cuando dos personas hablan en algún restaurante, uno de ellos le lleva un dedo a los labios del otro, haciéndole callar: Es la señal de que la persona que acaba de entrar en el local es un informante del gobierno, y se ha convertido en rutina recibir SMS del gobierno en los que se ofrecen recompensas considerables por denunciar a otros ciudadanos. Tan considerables, que algunas de ellas suponen el sueldo de varios años para un tibetano.

 “Ya no nos podemos fiar de cualquiera que no conozcamos”, dice otro joven, recordando el caso de una pareja que intentó impedir que la policía se acercase a un inmolado en el monasterio de Labrang. Poco después, fueron denunciados por un anónimo. Lo peor, dice el entrevistado, no es cuando la policía lanza gases lacrimógenos o usa cañones de agua, sino cuando se infiltran vestidos de paisano: “No sabemos dónde están; para la familia o los amigos de los inmolados es imposible dar un paso”. El día anterior a la entrevista, una chica de 21 años desapareció sin dejar rastro porque fue grabada por una cámara de vigilancia durante una inmolación. El joven asegura que la chica simplemente pasaba por allí.

 Otro tibetano, con buen nivel de chino y empleado en una empresa local, dice que hasta hace un tiempo la gente corriente de la calle no se daba cuenta de hasta qué punto estaba oprimida: “Después de los monjes, le tocó el turno a la gente corriente. Creo que antes no se daban cuenta, no entendían que no tenían ninguna libertad, pero ahora sí son conscientes, y actúan en consecuencia”. Ahora, cualquier tibetano entiende que las inmolaciones se llevan a cabo “por la libertad individual, la libertad de las personas y la libertad de toda la comunidad. Por eso creo que su gesto tiene valor. No es cosa de pequeños problemas personales: Se suicidan en nombre de toda la comunidad”.

La madre de uno de los tibetanos, durante su encuentro con el reportero.

 Una solidaridad que se palpa en el ambiente, a pesar de los muchos infiltrados y chivatos que hay incluso entre la población tibetana. El colectivo intelectual es uno de los más activos y por tanto, perseguidos, incluyendo los líderes comunitarios: Personalidades que sin necesidad de ostentar un cargo público, son considerados ejemplos a seguir y benefactores para los vecinos, especialmente en las zonas rurales.

 De hecho, incluso algunos de los tibetanos que trabajan para la administración pública se ofrecen a ayudar de forma solidaria, como explica un entrevistado: “Todas las semanas hay alguien que ayuda, a veces durante varios días”, dice refiriéndose a funcionarios públicos de etnia tibetana, en relación a uno de los inmolados, que falleció dejando una familia muy pobre. Sus padres son ahora quienes cuidan de los dos nietos, ambos muy pequeños, con la ayuda de su hija -hermana del mártir- que se ha unido a ellos, que son nómadas. Refiriéndose al funeral, la madre explica que “vinieron muchos, muchos monjes. Fuera, dentro… No había ni donde sentarse”, a pesar de que viven en una cabaña con papel de periódico en las paredes para evitar que entre el frío.

 En el cortejo fúnebre, el cuerpo fue acompañado hacia el crematorio por una caravana de trescientos vehículos, hasta que la policía les dió el alto. Después de que algunos ancianos hablasen con los funcionarios, el funeral siguió adelante con la condición de que no hubiese ningún incidente. Al parecer estas breves negociaciones informales son habituales en las comunidades en las que hay tibetanos en el gobierno local. De hecho, el reportaje desvela toda una sorpresa. Según un entrevistado, a pesar de las nuevas prohibiciones del gobierno, “sabemos que los funcionarios hacen donativos en secreto a las familias de los muertos. Piden que les envíen dinero desde la India, desde el extranjero” y lo que es todavía más sorprendente: “Incluso lo hacen los chinos han. No se trata de estar enfrentados con los han. Hay buenos y malos… igual que los tibetanos”.

 Un caso destacable es el de un importante funcionario chino que envió 10.000 yuanes (casi 1.200 euros, una pequeña fortuna) a la familia de un tibetano inmolado en Bora, cerca de Labrang. No sólo eso, sino que añadió un mensaje que decía: “Os doy este dinero. Estáis luchando juntos por vuestra tierra, por la libertad de vuestro pueblo. Es algo magnífico”.

 A pesar de la solidaridad, su madre no conserva ninguna foto de su hijo. El suicidio la traumatizó: “Días antes se hizo cargo de sus hijos como nunca lo había hecho. Ya no salía, dejó de trabajar… Nunca le había visto mostrarles demasiado afecto, así que nos pareció un poco raro”. Sin embargo, a pesar del shock, su madre decidió repartir los donativos al monasterio y a escuelas, aún más pobres que ellos: “Él se quitó la vida por los demás”.

Por eso siente que repartir la ayuda es una buena forma de seguir luchando como lo hizo su hijo y el resto de mártires: Pensando siempre en el conjunto del pueblo tibetano antes que en intereses personales.

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