Archive | abril 2013

Ya son 118: Se inmolan tres tibetanos más contra la represión china

Dos jóvenes monjes tibetanos del monasterio de Taktsang Lhamo Kirti, en Zoege (Tíbet) se prendieron fuego ayer para protestar contra la represión del régimen chino. La sede en la India del monasterio de Kirti ha confirmado que se trata de Lobsang Dawa (20) y Kunchok Woeser (22).

“Los dos monjes se prendieron fuego hacia las 18:40, hora local, junto al flanco derecho de la gompa principal del monasterio, protestando contra las políticas represivas del Tíbet”, han expresado en un comunicado. “Ambos fallecieron en el acto”.

Ambos cuerpos fueron trasladados después a sus habitaciones respectivas donde se llevaron a cabo las oraciones oportunas. Las autoridades locales, al conocer el suceso, han emitido la orden de incinerar a los monjes hoy por la mañana, demasiado pronto según las tradiciones budistas. Los dos eran sobresalientes en conducta y estudios.

Por otro lado, una mujer de 23 años de edad se inmoló también ayer en Dzamthang hacia las 2 de la tarde, aunque no se conocen más detalles. Con ella, ya son un total de 118 los tibetanos que se auto-inmolan contra la represión china.

Fallece inmolada otra madre de familia en Tíbet

Otra madre tibetana se ha inmolado prendiéndose fuego. Ocurrió ayer martes en Ngaba.

Jugtso (en la foto) se prendió fuego cerca de un monasterio hacia las 3 de la tarde. Según los testigos presenciales, murió en el acto. Su cuerpo fue trasladado al centro religioso, donde se han llevado a cabo las oraciones pertinentes.

Las autoridades chinas ordenaron a su familia incinerarla anoche, demasiado pronto para la costumbre tibetana. Cientos de vecinos se han congregado junto a la casa familiar -algo expresamente prohibido-.

Jugtso estaba casada y tenía un niño de tres años.

Un monje acaba enfermo mental tras pasar cinco años en prisión

Ven. Soepa

Las autoridades chinas han puesto en libertad a varios tibetanos, en muy mal estado de salud tras pasar cinco años en prisión, según se ha conocido ahora.

Dos monjes, Lobsang Ngodup (34) y Soepa (35) fueron liberados el pasado 10 de marzo. El primero está siendo sometido a tratamiento en un hospital de Siling (Amdo) mientras que el segundo parece haber sufrido secuelas mentales. Actualmente se encuentra en el monasterio de Mange, que está tomado por militares chinos que vigilan todos los movimientos de los monjes.

Soepa fue detenido dos veces más después de su puesta en libertad y fue liberado únicamente después de que otros cinco monjes firmasen un documento comprometiéndose a hacerse cargo de él. También debe presentarse ante la policía periódicamente.

Ambos monjes fueron detenidos el 10 de marzo de 2008 en Lhasa, junto a trece más.

El 11 de abril, otro tibetano llamado Lhatsog fue liberado un año antes de cumplir con su condena de seis, acusado de aprticipar en protestas contra la ocupación en 2008. Se desconoce el motivo de su liberación prematura. Varias personas que fueron a recibirle aseguran que ahora tiene un problema en una pierna y le cuesta caminar.

Algunos otros presos políticos han sido puestos en libertad en los últimos días. Es muy habitual que la inmensa mayoría de presos tibetanos sufran torturas y maltratos en las cárceles chinas.

“Pekín dice que somos libres de practicar nuestra religión, pero es mentira”. Sobrecogedora entrevista a tres monjas refugiadas.

Un artículo de Zigor Aldama para LaRioja.com — Basta con un vistazo a cualquier punto de Tíbet para imaginarse la odisea que supone escapar del ‘techo del mundo’. No hacen falta fronteras ni batallones del Ejército para dificultar el paso, porque la propia naturaleza sirve de muralla casi infranqueable. El altiplano, con una altitud media de 4.000 metros, es un desierto en blanco y negro, una interminable explanada helada rota solo por rocas de tamaño descomunal. Sin duda, no es territorio para el ser humano, pero T. L. caminó durante más de un mes por estos inhóspitos parajes para abrazar su libertad en India. Y ha vivido para contarlo.

«Desde la adolescencia, mi sueño fue hacerme monja. Pero mi familia, nómada, no me lo permitió. Mi trabajo era imprescindible para que sobreviviéramos todos. Tuve una adolescencia muy dura, y la idea no se me quitó de la cabeza. Ya adulta, me refugié en un monasterio y decidí dedicarme a la religión. Pero entonces supe que, para ello, necesitaba obtener el permiso del Gobierno, aprender mandarín, y obedecer una serie de normas que van contra mi forma de entender el budismo y contra el Dalai Lama, a quien yo venero porque es la reencarnación de Buda. Pekín dice que somos libres de practicar nuestra religión, pero es mentira: tenemos que profesar las creencias que ellos dictan».

Entonces, alguien le habló del refugio que ofrece el Gobierno tibetano en el exilio, ubicado en la montañosa ciudad de Dharamsala, en el Estado indio de Himachal Pradesh. «Sabía que, si hacía el viaje sin documento alguno y a pie, posiblemente moriría. Pero tengo 45 años, no tengo dinero, soy analfabeta, y mi familia ya no cuenta. ¿Qué podía perder?». Antes de abandonar su tierra, peregrinó hasta el sagrado monte Kailash, y desde allí continuó caminando hacia el sur.

Con las botas de piel de oveja hechas jirones, y después de varios días sin comer, cruzó a Nepal, «pero no sabía dónde estaba». Consiguió que unos tibetanos pagaran su billete de autobús hasta Katmandú, donde la recibieron en el Centro de Acogida de Tibetanos. «Allí había mucha gente y descubrí que, al fin y al cabo, soy afortunada por no haber sufrido tortura».

En un grupo de refugiados, T. L. viajó hasta Dharamsala a mediados de enero. Y allí permanece, en el principal centro de acogida del Gobierno tibetano en el exilio, con una decena de mujeres más. El sueño de todas es olvidar la represión que han sufrido, formarse, y conseguir una audiencia con el Dalai Lama. Es fácil llevar a la práctica ese último deseo, pero los otros dos llevan mucho más tiempo. De hecho, es posible que S. N, X. T, y T. Z nunca olviden lo que sufrieron a manos de la Policía de China y de Nepal.

En celdas de aislamiento

«En el 2011 vinimos a Dharamsala porque queríamos hablar con el Dalai Lama. Todo fue bien hasta que tratamos de regresar a Tíbet. Los chinos nos detuvieron por cruzar ilegalmente, y estuvimos 20 días en la cárcel», recuerda una de ellas. No quiere dar más detalles, pero otra compañera toma el relevo del relato entre sollozos. «Primero nos descalzaron para que pasásemos frío, y luego terminaron desnudándonos por completo. Nos metieron en celdas de aislamiento en las que nos interrogaban día y noche. Querían nombres de gente a la que no conocíamos, activistas que ayudan a escapar a tibetanos a los que busca el Gobierno. No nos permitían dormir, ni hablar con nadie que no fuese policía. Tampoco nos quitaban las esposas ni los grilletes, y teníamos que hacer nuestras necesidades en el propio cubículo porque no nos permitían ir al baño. Para comer solo nos daban harina de trigo y té».

Pasados esos 20 días, y convencidos de que ellas no tenían nada que ver con movimiento de resistencia alguno, China devolvió a las mujeres a Nepal. Viajaban indocumentadas y no había forma de probar que son ciudadanas de la República Popular China, así que, de acuerdo con los tratados vigentes entre ambos países, las religiosas quedaron bajo la custodia de las fuerzas de seguridad nepalíes. «Estuvimos encerradas un mes en prisión, donde los guardas nos robaron todo el dinero que llevábamos». Una agencia de Naciones Unidas supo de su caso y consiguió sacarlas de la cárcel y llevarlas al centro de acogida. Desde allí, volvieron a Dharamsala, conscientes de que nunca regresarán a sus hogares.

El dormitorio, en el que se ha reunido una decena de personas para realizar este reportaje, queda en silencio. Es la primera vez que muchas de las refugiadas del centro escuchan la historia de estas tres monjas. Las lagrimas encuentran su cauce en las arrugas de algunas, otras esconden su rostro entre las manos. «Nadie quiere hablar con la prensa», reconoce Norbu La, director del centro de acogida. «Temen las represalias que el Gobierno de Pekín puede tomar contra sus familiares. Por eso, ninguna hace tampoco llamadas a Tíbet. Los teléfonos están pinchados, y los espías pueden delatar a cualquiera».

Las entrevistadas tampoco quieren aparecer en fotografías que permitan su reconocimiento. «Hemos sabido que China escruta las imágenes que se publican y que identifica a sus protagonistas para arremeter contra sus seres queridos. Sucedió con una de las refugiadas que salía entre los asistentes a un discurso que pronunció el Dalai Lama en Uttar Pradesh. Sus padres llevan casi dos años entre rejas, y las autoridades le aseguran que solo si regresa a Tíbet los dejarán en libertad».

Enseñanza de pago

A pesar de todo, Norbu La reconoce que la mayoría de quienes se refugian en Dharamsala no lo hace escapando de las fuerzas de seguridad del gigante asiático. «Quieren acceder a la educación que Pekín les niega. Quieren estudiar en tibetano y en inglés, no en mandarín. Y quieren estar junto al Dalai Lama, su guía espiritual». Esas son, exactamente, las razones por las que una madre ha cruzado ilegalmente a India con sus dos hijas, de 7 y 12 años. «Dicen que en China la educación es gratuita, pero en Tíbet tengo que pagar 9.000 yuanes (más de mil euros) al mes para que mis dos hijas reciban educación, y, aun así, no les enseñan tibetano. Es nuestra lengua, y quiero que sepan hablarla y escribirla. La mayoría en nuestro pueblo no va a la escuela porque no puede permitírselo. Para China eso es bueno porque los analfabetos y los pobres resultan mucho más fáciles de manipular a través de su propaganda. Lo cierto es que los tibetanos no son felices en Tíbet».

La oleada de inmolaciones, que suma ya 111 desde que en 2009 comenzó esta forma de protesta contra el régimen de Pekín, así lo certifica. Sin embargo, una pregunta sobre si consideran acertada esta vía crea un nuevo silencio en la habitación. Finalmente, una de las monjas habla: «Nos entristece muchísimo lo que está sucediendo y estamos muy preocupadas por quienes se prenden fuego y por sus familias. Pero entendemos que tomen esa decisión». Una compañera la manda callar con un empujón.

Después de las revueltas que incendiaron la capital de Tíbet, Lhasa, en marzo de 2008, la situación ha empeorado, dice Norbu La. «Después de aquello, recibimos una avalancha de refugiados, casi 3.000 personas al año. Antes llegaban a Dharamsala para estar un tiempo y regresar a Tíbet, pero luego se endurecieron los controles en la frontera, y comenzaron las torturas de quienes cruzaban ilegalmente. Ahora solo llegan unos 600 al año, que entran por Nepal y llegan a India con estatus de refugiados, y no tienen ninguna intención de volver».

Una mujer se inmola para protestar contra el derribo de mil viviendas tibetanas por parte de las autoridades chinas

Una mujer tibetana se ha prendido fuego para protestar contra la demolición de su vivienda, después de que las autoridades chinas derribasen alrededor de un millar de viviendas en Kyegudo.

La mujer, de momento sin identificar, se inmoló la semana pasada, cuando se presentó un grupo de trabajadores chinos para desahuciarla y echar abajo su casa, que había sido edificada hace poco. El fuego fue aplacado rápidamente por los vecinos y sus lesiones no revisten gravedad. Mientras se comentaba la noticia por la zona, un hombre padre de diez hijos también amenazó con prenderse fuego para protestar por la expropiación de sus tierras por parte de las autoridades comunistas. Al parecer, ha acudido a varios monasterios locales solicitando oraciones.

Kyegudo es tristemente recordado por sufrir en abril de 2010 un devastador terremoto que acabó con la vida de casi tres mil personas (en la foto). Mientras que los medios oficiales sólo mostraban al ejército chino ayudando a la población, lo cierto es que los afectados de etnia tibetana apenas han recibido ayuda, las labores de reconstrucción han sido desesperantemente lentas y han sido aprovechadas por las autoridades chinas para expropiar terrenos y acosar a los vecinos.

Durante las labores de demolición de las viviendas, la Policía Armada ha acompañado a los trabajadores en todo momento y cualquier tibetano que se ha resistido a que echase abajo su casa ha recibido palizas y ha sido detenido.

Un tibetano es liberado de prisión diecisiete años después con graves signos de torturas y palizas

Un importante preso político tibetano, Jigme Gyatso (52), fue puesto en libertad recientemente tras completar una condena de prisión de diecisiete años. Tras su liberación, se dice que sufre de mala salud y se enfrenta a diversos problemas médicos, incluyendo mala visión, complicaciones de corazón, problemas de riñón y dificultades para caminar; todo ello muestra inequívoca de que se ha sometido a años de torturas, maltratos y palizas en la cárcel.

Gyatso fue arrestado el 30 de marzo de 1996 ante el templo del Jokhang, en el centro de Lhasa. El 25 de noviembre del mismo año fue sentenciado a quince años de prisión y cinco años de privación de derechos políticos por un tribunal municipal del régimen chino, acusado de “poner en peligro la seguridad nacional” por “incitación” al establecer una organización considerada ilegal por China. Fue retenido en el Centro de Detención de la Oficina de Seguridad Pública de Gutsa durante un año y un mes, donde fue severamente torturado y golpeado. Gyatso describió el trato recibido como “lo peor” durante un breve encuentro que mantuvo con Manfred Nowak, Enviado Especial de la ONU para la investigación de la tortura, quien visitó China, Xinjiang y Tíbet a finales de 2005.

En abril de 1997, Jigme fue trasladado a la Prisión de Drapchi, donde cumplió la mayor parte de la condena antes de ser trasladado definitivamente a la Prisión de Chushul en abril de 2005. A pesar de encontrarse gravemente enfermo, siguió en la cárcel. En mayo de 1998, junto con otros compañeros presos, Gyatso protestó contra las autoridades chinas, aprovechando que se acercaba la visita de tres embajadores de la Unión Europea. Las protestas fueron oprimidas por la fuerza bruta, con ocho presos muertos y las condenas de al menos veintisiete personas fueron ampliadas.

En marzo de 2004, Gyatso volvió a protestar gritando eslóganes como “Larga vida al Dalai Lama”, por lo que fue pateado y golpeado con bastones electrificados en la espalda y el pecho. Su sentencia fue ampliada en dos años, según pudo constatar el Enviado Especial de la ONU. Gyatso explicó a Nowak durante su entrevista que la ampliación de condena a dos años más fue motivada únicamente por hablar a favor del Dalai Lama.

Contrariamente a los rumores que afirmaban que Gyatso ha salido de prisión un año antes de lo previsto, parece confirmarse que sí ha cumplido su condena de diecisiete años en su totalidad.

Fallece envuelto en llamas otro monje en Tíbet

Un monje tibetano se prendió fuego hasta morir cerca del monasterio de Mori (Luchu, Tíbet) donde era residente.

Aunque llevó a cabo su protesta contra el dominio chino el martes pasado, la censura que el régimen impone sobre las telecomunicaciones no ha permitido conocer la noticia hasta pasados varios días.

El venerable Kunchok Tenzin tenía 28 años y se prendió fuego hacia las siete de la tarde cerca de un cruce de carreteras. Temiendo que pudieran perder la custodia de su cadáver a manos de las fuerzas chinas, los vecinos de la zona se apresuraron a llevar su cuerpo al monasterio, donde fue velado e incinerado de madrugada.

Tras la protesta, agentes armados se desplegaron por toda la comarca y se limitaron los movimientos de los vecinos.

Kunchok Tenzin era monje de Mori desde niño y destacaba por ser muy buen estudiante de filosofía budista.